En la otra semifinal de la Europa League juega, además de Van Nistelrooy, un eterno brasileño conocido en España. Con olor a eliminatoria rancia, el Fulham se presenta en Hamburgo para quitarle al equipo de la ciudad “su” final, al estilo del Olympique de Lyon ante el Real Madrid. El 12 de mayo se disputará la primera final de este torneo. Hamburgo acogerá el festín y su equipo aún se encuentra en la terna de invitados. Al contrario que los blancos de Chamartín, los azules alemanes han destinado toda su energía en “su” competición: mientras en su liga sólo han ganado cuatro partidos de los últimos catorce, en Europa caminan con paso firme de campeón, tras eliminar al PSV, Anderlecht y Standard de Lieja. Hace justo un año se quedaron a las puertas de la final de la UEFA. No quieren volver a repetir la decepción esta temporada, máxime cuando ellos organizan el festín.
El Hamburgo ha planeado su temporada en función de ese partido. Quiso aprender de la semifinal perdida ante el Werder Bremen, donde se acusó al equipo de blando y zafio ante la grandeza. Por esa razón fichó a Zé Roberto, brasileño de 36 años que aún da guerra por los campos a pesar de que su muerte (futbolística, entiéndase la hipérbole) se haya anunciado en numerosas ocasiones.
Zé Roberto era el típico brasileño. Técnico, habilidoso, con un velcro en su pie y una pierna izquierda tan maravillosa y sorprendente como irregular y serpentante. Fichó por el Real Madrid en 1997, pero su fútbol de vaivenes no encajó en aquella banda izquierda. Roberto Carlos era una pesada carga de comparación. Y aunque él se manejaba también más adelante, apenas dejó legado. Su travesía duró menos de una temporada. Se fue a Brasil, en un viaje del que muchos presumían que ya nunca volvería. “Una nueva promesa brasileñ
a quedada en nada, como tantas otras”, decía el pensamiento de la época. Pero Zé Roberto regresó. Lo hizo a Leverkusen, donde encontró molde a su fútbol exclusivo, pero algo lento y flemático, en una nueva posición, la de mediocentro, en la que se ha quedado hasta hoy. Con el mejor Ballack de la historia, hizo que el club de la aspirina llegara a la final de la Champions League. El fútbol viró hacia su pierna izquierda y algunos madridistas recordaron que, tiempo ha, el carioca había pululado por el semillero blanco.En su mejor momento, el Bayer de Munich, el imperio del monopolio del fútbol alemán, le fichó a golpe de talonario. Vivió otra gran etapa. Regresó a Brasil y hasta jugó el Mundial de 2006, donde fue incluido en el once ideal del torneo. Fue el único brasileño en conseguirlo. Dunga siguió contando con su zurda, pero ya con 32 años, Zé Roberto dijo no. Sabía que comenzaba su decadencia. Ese mismo 2006, regresó de nuevo a Brasil, al Santos, al estilo retiro doradito al que se aferran algunos futbolistas de aquellos lares (véase Ronaldo, Roberto Carlos, Romario, Juninho, Savio…). Cuando arriba la jubilación, uno quiere seguir siendo importante. Para conseguirlo, el nivel de los de alrededor debe descender para que uno siga hinchado.
Sin embargo, el fútbol guardaba a Zé Roberto un giro excepcional. El Bayern de Munich le volvió a llamar a los 33 años. Volvió a Bavaria para jugar dos temporadas, hasta que Rummenigge no quiso renovarle más. El horizonte, con 36 años, no era alentador. Pero Zé Roberto ha vuelto a reinventarse. En verano fichó por el Hamburgo y hoy se juega el pase a la final con el Fulham inglés. Es la pieza que comanda el fútbol del equipo alemán, aunque el físico ya no le dé grandes treguas. Nunca se ha basado en él, pero hoy sus piernas le abandonas pronto en los partidos. Lo que aún sigue perviviendo es aquel fino velero que calzaba en sus botas.

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